La “mala suerte” de varas

Todos los aficionados saben que la suerte de varas tiene como objetivos atemperar la embestida del toro y ahormarla, es decir, hacer que el toro embista con más ritmo, menos bruscamente, y sin derrotar (pegar cabezazos) para que el torero pueda realizar su obra de arte, que es la faena.

Sin embargo la realidad demuestra que dichos objetivos se consiguen en muy pocas ocasiones, porque es excepcional que la suerte se haga correctamente. Veo cada año, entre TV y en la plaza, de 80 a 100 festejos y en ellos no más de dos – tres puyazos bien puestos en toda la temporada. De hecho hay diversos estudios publicados (Fernández y Villalón, 1998; Barahona y Cuesta, 1999; Comino, R., 2015) en los que se demuestra que solamente se colocan en su sitio, en el lugar correcto, entre el 4 y el 7 %, y esto en el mejor de los casos, de todos los puyazos, y si no se ponen en su sitio no cumplirán sus objetivos.

Esto es una realidad incontestable, que está ahí durante muchos años, haciendo mal al toro (muchas veces le daña su aparto locomotor impidiéndole moverse adecuadamente y por tanto embestir bien), al ganadero (le impide triunfar), al torero (le impide triunfar en muchas ocasiones), al aficionado ( le impide ver realizar bien una suerte y le impide ver una mejor faena del torero), pero sobre todo podemos decir, con toda claridad, hace mal y mucho a la Fiesta en general.

Ante esta situación es inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿Y si esto es así por qué no se le pone remedio? Y el remedio sería exigir que la suerte se haga bien , que los puyazos se pongan en el tercio posterior del morrillo del toro, que es donde se debe picar, y no en el hoyo de las agujas, en la paletilla, en la cruz o incluso más atrás. Entendemos que es difícil colocar la puya en su sitio de primeras, pero es que hemos visto muchísimas veces cogerlo en el morrillo y rectificar para ponerlo en la cruz. Pues la pregunta que hacíamos debe ser la del millón porque nadie la contesta y todo sigue igual.

Nosotros creemos que serían los ganaderos los primeros en levantar enérgicamente la voz y exigir hacer las cosas bien, pero no la levantan y no sé la causa. Los segundos en manifestarse deberían ser los aficionados, pero tampoco lo hacen y tampoco sé por qué. Nunca entenderé que le piten a un picador porque sobrepase medio metro la primera raya y no le echen una bronca por picar en la paletilla o en la cruz.

Los toreros son muy perjudicados en bastantes ocasiones, ya que toros en los que podían triunfar son lesionados gravemente con la puya. Naturalmente tras estos puyazos el toro se mueve menos, pero ellos no triunfan. Varios picadores me han dicho que ellos pican donde les dice su maestro.

En definitiva, que unos por otros, la suerte de varas siguen haciéndose muy mal y haciendo mucho mal a la Fiesta. Si esto sigue así, y no dudo que seguirá, la suerte de varas desaparecerá muy pronto y entonces ya no se podrá hacer mal ni bien.

Por: Rafael Comino Delgado

Fuente: aplausos.es

Los aficionados a los toros en Rusia parecemos pingüinos en África

El club taurino ruso hace una profunda y apasionada defensa de la Fiesta en su presentación en sociedad en Las Ventas.

Desde Rusia con amor… Porque detrás de cada historia de los diez aficionados rusos que han vertebrado el Club Taurino Ruso hay «una historia de amor». Amor al toro y al toreo. Nueve mujeres y un hombre llegados a España desde la tierra de los zares dispuestos a transmitir en su país la emoción de la Fiesta. Capitaneados por una joven de 25 años, Ksenia Tinyakova, natural de Moscú, ya son más de un centenar los rusos «amantes de la tauromaquia». Un arte sin fronteras que ha enamorado a la fotógrafa Oksana Shapiro, la filóloga Nina Soloviova, la periodista Liana Minasyan… Tantos y tantos nombres de pronunciación cuasi imposible para los aficionados y curiosos que abarrotaban el Aula Bienvenida de Las Ventas en la presentación en sociedad del Club de Rusia, que formó una auténtica revolución.

Sorprendía el sentimiento de cada palabra. Minasyan, reportera de una importante agencia rusa, provocó la sonrisa del público con su definición: «Los aficionados a los toros en Rusia somos algo parecido a los pingüinos en África, una cosa muy rara». «Es difícl mantener la afición en un país donde no hay costumbre ni tradición taurina, con gente que nunca ha visto de cerca un toro bravo ni conoce sus particularidades, y que solo lo ha visto en forma de croquetas en el supermercado».

La afición de Liana nació en 2009 tras presenciar una corrida de Miura en la Feria de Abril de Sevilla: «Un amigo español me iba contando todo lo que pasaba. Ahora nuestra misión es ejercer ese papel de guía en nuestro país. Rusia es un país muy grande y la mayoría de socios solo nos conocemos por internet, pero todos los días dedicamos un rato a hablar de toros». Algunos de los socios ya han recorrido las plazas de «Madrid, Andalucía, Asturias, Valencia, y a menudo visitamos Francia, que también es territorio de toros. Por los motivos consabidos, desde 2012 no podemos ir a la Monumental de Barcelona -lamentó-. Pero nosotros nos sentimos ya parte de este mundo del toro y queremos que el logo del Club Taurino de Rusia asome en todas las plazas».

La experta en Lingüística Nina Soloviova defendió la vertiente cultural de la Fiesta. «Los toros son arte, pero el arte es solo una parte, los toros hacen cultura, como ha escrito Andrés Amorós», sentenció la profesora. Y contó como el planeta del toro ha inspirado en Rusia «a escritores, poetas, pintores, directores de cine y teatro». «Hemos comenzado un proyecto educativo para dar a conocer los toros, y he descubierto que existe un gran interés». Y contó así un experimento con sus alumnos: «Pregunté en un auditorio a mis estudiantes si les gustaban los toros, y me dijeron que no; les pregunté si habían visto alguna corrida, y me contestaron que no. Entonces les hablé de la historia, del fenómeno, de la cultura alrededor… Y al terminar la clase les volví a preguntar: ¿os gustan los toros? Y me dijeron que sí, ahora sí». Su objetivo es propagar la cultura taurina, «pues la cultura es lo que nos une a la gente, lo que nos ayuda a comprendernos unos a otros y fomenta los lazos de amitad entre los pueblos».

Amenizó el acto la española Mónica Fernández, alumna de una escuela de ballet ruso, que deleitó al son del «Lago de los cisnes» entre las lágrimas de muchos de los presentes. Manuel Ángel Fernández, director gerente del Centro Taurino de la Comunidad, mostró su agradecimiento en el broche: «Qué emocionante ha sido ver a Mónica bailar rodeada de las fotografías del maestro Iván Fandiño, que entregó su vida en la arena». Y agradeció a los socios del Club su labor: «En los tiempos que corren, que alguien que ha nacido a más de seis mil kilómetros de España, en un idioma tan distinto al nuestro como es el ruso, de gente que no tenía ni idea de la tauromaquia… Y que venga, la conozca y hable con ese sentimiento de cultura, de arte, de una forma de vivir, da una lección muy grande a muchos de nuestros compatriotas que, en nuestro idioma, están intentado borrarnos del mapa. Gracias».

El toreo, una cultura sin fronteras.

Por: ROSARIO PÉREZ

Fuente: ABC.es

 

EL TENDIDO DE LOS SASTRES

A los veinte años te comes el mundo  y si  además eres (o quieres) ser torero, ya ni te cuento.

Colombo, Valadez y Ochoa, la terna de aspirantes a la gloria que abrían la Feria de Otoño tienen esa edad (a Colombo le faltan dos días) . Los dos primeros, además,están a las puertas del, paso a,matador de toros y Ochoa se prepara en la Escuela de Tauromaquia “Yiyo” que tiene como aula el ruedo venteño.

En otra aula, nada menos que la Magna de la Universidad de Salamanca iba a inaugurarse la Cátedra de Tauromaquia pero las amenazas de un grupito de intransigentes (dicen que estudiantes de esa Universidad, vaya usted a saber) hicieron que el Rector reculara con la cobarde excusa de “evitar incidentes”.

Así están los tiempos, el templo del saber y el conocimiento, en el mismo lugar en el que un humanista de barba blanca y pensamiento sereno se atrevió a desafiar a los vencedores de una guerra incivil. “Venceréis, pero no convenceréis” replicado al instante por un general tuerto y manco al grito macabro de “¡Viva la muerte! ¡muera la inteligencia”.cierra su espacio a la cultura taurina.

Significativo que setenta y un años después, quienes se auto proclaman adalides de  libertades sigan las directrices del fundador de la Legión.

Que tres jóvenes de veinte años se vistan de luces y se presenten ante el tribunal de Las Ventas para exponer sus respectivos conocimientos en materia taurómaca no deja de ser una anacronismo en tiempos como estos.

“Ara que tinc vint anys, ara que encara tinc força” cantaba Serrat cuando él mismo los tenía y ahora, medio siglo después, los mismos ( o parecidos) adalides de la libertad que no dejan que la Tauromaquia entre en las aulas, lo quieren silenciado y sumiso.

No, ni con veinte , ni con setenta. Callarse es ceder, renunciar, doblegarse.

Los tres chavales de veinte años que han toreado hoy en Las Ventas (como tantos otros en parecidas circunstancias,  las mismas ilusiones, similares zozobras)  no “tenen l´’ánima morta ” y “senten bullir la sang”.

Veinte años no es nada.

Por: PACO MARCH

Fuente: www.cultoro.com

Medio centenar de aficionados catalanes homenajea a Manolete en su aniversario

La simbiosis Manolete- Barcelona tiene que ver con que fue la ciudad en la que ‘El Monstruo’ más veces toreó, setenta corridas desde su presentación en 1939

Ayer 4 de julio, coincidiendo con la fecha del nacimiento de Manolete hace 100 años, medio centenar de aficionados, entre ellos reconocidos escritores, pintores, escultores, juristas…como Óscar Tusquets, Fernando Salas, Fuster Fabra, Ortega Monasterio, Joan Mora, Gardy Artigas, Carlos Abella, Salvador Balil o Fernando del Arco. y también el maestro Luis Francisco Esplá,.se reunieron en el restaurante Casa Leopoldo de Barcelona para rendir tributo al torero que fue ídolo de la ciudad, trascendiendo más allá de lo estrictamente taurino.

La simbiosis Manolete- Barcelona tiene que ver con que fue la ciudad en la que “El Monstruo” más veces toreó, setenta corridas desde su presentación en 1939 hasta el año de su muerte, 1947.

La ciudad lo hizo suyo, su nombre se citaba con veneración y en las (mucha) tardes de triunfo era paseado a hombros desde la Monumental al Hotel Oriente.

La memoria, por más que olvidos y silencios intenten desvirtuarla, nos devuelve a un torero cuya huella permanece inalterable y si la Barcelona oficial pretende borrarla como también lo hace con la de la tauromaquia, es tarea de todos reivindicarla.

En Casa Leopoldo se recordó, sin nostalgia y con ánimo combativo, a Manolete y aquella ciudad que fue capital del toreo.

Por: PACO MARCH

Fuente: www.cultoro.com

Nostalgia de Resurrección

Cuando entonces, la temporada taurina comenzaba en Barcelona semanas antes de Pascua pero sin duda la del Domingo de Resurrección era fecha señalada. Tanto que, para inaugurar, en 1914, la Plaza del Sport (dos años después, ampliada,  La Monumental) se eligió el 12 de abril, que ese año era el del final de la Semana Santa. Ahora se han cumplido ciento tres años.

Aquella tarde se anunciaron, nada menos que, Vicente Pastor, Martín Vázquez, Bienvenida y Torquito, con toros de Veragua. La plaza, llena. A la misma hora, al otro extremo de la Gran Vía, en Las Arenas y también con los tendidos a rebosar, Regaterín, Manolete (padre del Monstruo) y Flores, con toros de Guadalest. Ni que decir tiene que tanto en La Monumental como en Las Arenas los turistas (así,  por extensión y para que todos nos entendamos) brillaban por su ausencia y era el público y los aficionados autóctonos quienes llenaban ambos cosos. A partir de esa fecha, La Arenas (hasta su cierre en 1977) y La Monumental compartieron, coincidiendo en muchas ocasiones,  las temporadas taurinas barcelonesas, que durante mucho tiempo fueron de febrero a octubre o noviembre.

Hoy, 16 de abril de 2017, Domingo de Resurrección, no hay toros en Barcelona, como (de momento) no los habrá el resto del año, por decisión del dueño del negocio, Pedro Balañá (Forts, el padre; Mombrú, el hijo). El otro Balañá (Espinós, el abuelo) hace ya tiempo que, desde donde esté, debe contemplarlo todo entre la rabia y el asombro. Más o menos como, desde aquí, los aficionados catalanes.

Entre esos aficionados catalanes, Joaquín Luna, un periodista (de la Vanguardia) , de reconocida y larga trayectoria como experto en política internacional y que desde hace un tiempo se sirve de sus columnas y artículos de opinión para que los toros, directa o tangencialmente, sigan ahí, en el papel del diario. Lo hace desde el conocimiento de causa : Luna , a la que puede, viaja por esas plazas de España y Francia. En uno de esos viajes fue testigo presencial de la cogida fatal de Víctor Barrio en Teruel y (no sin dificultades ) lo explicó magistralmente en las páginas de La Vanguardia.

Y hoy, Domingo de Resurrección sin toros en Barcelona, Luna firma una columna, entre la ironía y la nostalgia,  en la que, cómo no, los toros salen a escena;  en su petición de viernes santo al Cristo de Lepanto que se guarda en La Catedral ,para que hubiera toros en la Monumental este domingo. Pero, además, el periodista relata su reencuentro con Casa Leopoldo, el restaurante que fundó Leopoldo Gil, siguió con su hijo Germán “El Exquisito” y después la hija de éste, Rosa, viuda del último torero muerto en La Monumental, José Falcón.

Rosa Gil, harta de presiones, cansada de luchas, bajó hace unos años la persiana de aquella casa de comidas (inmortalizada por Manolo Vázquez Montalbán en su novelas del detective Carvallo) que fue testigo de tertulias infinitas de toros, cine, libros…vida, en fin. Ahora, Casa Leopoldo, en otras manos, ha vuelto a abrir su cocina y sus salas, con esos azulejos que (como bien recoge Luna en su artículo) explican suertes de la lidia, también en los carteles y fotos que adornan sus paredes. La carta mantiene platos que fueron su sello y, quien sabe, quizás algún día allí se pueda volver a hablar de toros, antes o después de una corrida en la Monumental.

Mientras ese día llega, Luna (como tantos ) hurga en su memoria para alentar el futuro. Y, hoy- según escribe- comerá en el Set Portes (otra seña de identidad de una Barcelona que las pierde a borbotones) para soñar que, acabado el postre, el café y, tal vez, el chupito final, encaminará sus pasos a la cercana Plaza de Toros Monumental de Barcelona donde le espera un cartel que es un sueño en sí mismo: Juan Mora, Morante y Curro Díaz. O José Tomás.

Nostalgia y sueños para  un Domingo de Resurrección con toros. Como debe ser.

Por: Paco March

Fuente: burladero.tv

El torero que ‘susurra’ a los gallos

Fuma en el paseíllo. Pinta, boxea, pasea con chistera y cría gallos de pelea. Tiene un bar y sirve copas. Caza patos sin escopeta. Morante de la puebla rompe todos los tópicos taurinos. Superado su trastorno de despersonalización, regresa otra vez a los ruedos. Cobra 120.000 euros cada tarde por torear

Con puro. Sorprendió a todos el día de Reyes en la Monumental de México. Mientras hacía el paseíllo, el sevillano se fumó un puro.
Con puro. Sorprendió a todos el día de Reyes en la Monumental de México. Mientras hacía el paseíllo, el sevillano se fumó un puro.

 

Afición. Adora los burros más que los caballos "porque no hay que montarlos todos los días", explica.
Afición. Adora los burros más que los caballos “porque no hay que montarlos todos los días”, explica.

 

El boxeo es una de sus deporetes favoritas.
El boxeo es una de sus deporetes favoritas.

 

Morante cobra 3 millones por 25 corridas.
Morante cobra 3 millones por 25 corridas.

Por ANTONIO DELGADO-ROIG. Fotografías de LUIS DE LAS ALAS

 

La sola presencia de la figura de Morante de la Puebla (La Puebla del Río, Sevilla, ?979) llama poderosísimamente la atención. Tiene una personalidad mística, excesivamente introvertida y un aire de misterio que potencia la admiración que le profesa su legión de partidarios. Su estrafalaria forma de vestir, su débil tono de voz, sus planteamientos de la vida, su afán por llegar al máximo conocimiento de todo lo que le rodea y sus aficiones nada comunes entre las figuras del toreo hacen de él, sencillamente, una persona distinta. Un genio del toro y de la vida. Una raza de artista en peligro de extinción. No es habitual ver a un lidiador de toros pintando cuadros, boxeando, paseando por su pueblo cubierto con una chistera como si se tratara de un lord inglés, cazando patos sin escopeta en la marisma enfangado hasta la cintura o sirviendo copas en su bar del pueblo. Pues todo eso, y mucho más, es José Antonio Morante Camacho.

El pasado 6 de enero reapareció en la Monumental de México. Llevaba varios meses sin vestirse de luces y sin el contacto directo con el toro, y así no se sentía persona. Se ahogaba. Él dice que no es distinto de los demás. «Yo soy como soy, aunque a veces no sé ni para dónde tiro, pero me gusta estar conmigo mismo, yo solo con mis cosas y mis pensamientos».

José Antonio, como torero y como persona, es aficionado a salirse de los guiones establecidos. Cuando no torea no sabe qué hacer y mata el tiempo con sus aficiones. «No me ilusiono fácilmente con algo, pero cuando lo hago me centro al máximo», resalta el torero poniendo muy claro su afán de superación.

El deporte le encanta y se le da bien. A menudo practica el tenis, el frontón y el fútbol. Juega en una liguilla comarcal entre los pueblos de la zona en un equipo bautizado como Los Warriors. Morante es el extremo derecha. A la pregunta de cuál es su estilo con el balón en los pies responde al instante: «¿Tú que crees? Morante sólo puede hacer las cosas con arte. Mi ídolo siempre fue Zinedine Zidane. Él sí que tiene arte con el balón y no yo con el capote. Me gustaría torear como Zidane juega al fútbol. Hay pocos futbolistas de arte, me quedo con Joaquín el del Valencia porque artistas con el balón hay muy poquitos».

Fotos y copas. Está muy ligado a las Artes. Le gusta la fotografía aunque matiza que «con cámaras antiguas, de ésas de carrete. Las modernas de ahora son demasiado perfectas y se pierde esa intranquilidad del revelado». También es muy habitual verle en Burladero, el bar que tiene en su pueblo. «Pero sólo es de copas, allí café no se sirve», especifica. Está decorado con cuadros y fotos taurinas, pero apenas las hay suyas. «No me gusta ver fotos mías toreando. Tengo miles, pero guardadas en un baúl. Ni en mi casa ni en el bar las pongo. Cuando las veo pienso en esa faena, lo que hice o dejé de hacer. Me como mucho la cabeza y eso me agobia. Mejor poner fotos de mis compañeros». En el bar suele meterse detrás de la barra y se pone a servir cubatas a sus paisanos como un camarero más. Le gusta el roce con la gente de a pie. Allí, en Burladero, son muy habituales las actuaciones de grupos de flamenco o de mariachis mexicanos. Le gusta escucharlos cantar mientras se fuma un cigarro Cohiba de grandes dimensiones.

La música le atrae mucho, aunque no toca ningún instrumento. Sí canta por lo bajini con buen gusto «aunque soy mucho más de Raphael. A ése sí lo imito bien». De pequeño iba a una academia para aprender a tocar la guitarra, pero Morante volvió a salirse del molde. «Iba a las clases, pero no me sentía a gusto con alguien que te decía cómo hacer las cosas. Lo dejé aburrido. Esa forma de aprender no es para mí».
Con la pintura le ocurre algo parecido: es autodidacta. No tiene un estilo definido, le gusta tanto lo abstracto como la figuración. De vez en cuando se pone a pintar, pero confiesa que termina rompiendo los lienzos en dos. «Es que si no consigo que mi pintura refleje lo que tengo en la cabeza para ese cuadro me enfado muchísimo, así que lo mejor es romperlo».

Otra de sus aficiones es el boxeo. Tiene una visión de este deporte que compara con su profesión. Ve a los púgiles como matadores de toros que se sacrifican mucho a diario y tienen delante un animal fiero al que tienen que ganar, sí o sí. En el ring sólo gana uno. O el toro o el torero, y eso es lo que hace que Morante saque su raza y sus ganas de superación. De vez en cuando acude al Club de Boxeo Puebla del Río, a pocos metros de su casa. Ortiz, el preparador y veterano púgil, asegura que Morante se maneja bastante bien cuando se enfunda los guantes. Es más, reconoce que «las pega bien». A pesar de ello, el diestro boxea para él solo. Nunca compite, sólo se entrena. Confiesa que tiene miedo. Diez temporadas como matador de toros, centenares de animales estoqueados, varias cornadas graves en sus muslos… y tiene miedo a un puñetazo.

La misma visión que tiene del boxeo la tiene con los gallos del pelea, un animal al que admira. Tiene una decena de ejemplares en su finca Doña Pepa, ubicada en el poblado Alfonso XIII, a pocos kilómetros de la Puebla del Río, a los que mima y trata como cualquier mascota. Es uno de sus escondites preferidos, donde el genio se pierde y sueña mirando los arrozales y escuchando a los patos. Allí tiene sus burros, que le gustan más que los caballos «porque no hay que montarlos todos los días, si no es un rollo y una obligación». Allí guarda los gallos de pelea, animal con muchas similitudes con el toro bravo. «Normalmente nunca se deja ganar la batalla. Quizás esté mal visto por muchos, pero es la lucha entre dos animales de raza».

Todo el misterio que acarrea su figura se incrementó considerablemente con la enfermedad mental que comenzó a sufrir en 2003 y que le hacía llorar a diario. La ansiedad le estrangulaba la mente y él solo quería que un toro lo partiera en dos para poder descansar en paz. Tuvo que estar un año sin torear y viajar hasta Miami para recibir sesiones de electroshock. «He aprendido a vivir con la enfermedad, no estoy como antes, pero no tengo más remedio que apretar los dientes y tirar hacia adelante». Los médicos le diagnosticaron un trastorno de despersonalización, una enfermedad mental muy difícil de percibir y que provoca que la persona vea una realidad distinta a la que tiene. El torero se pasaba el día llorando sin motivo aparente. No sabía qué hacer y no se atrevía a decirlo públicamente. «¿Cómo voy a decir que dejo de torear por algo que no sé qué es y que los demás no pueden ver? Me van a tomar por loco», se preguntaba a sí mismo día tras día.

Así aguantó el tipo durante unos meses. Lloraba incluso en el hotel mientras el mozo de espadas, su primo Juan Carlos Morante, le vestía de luces. En su finca Doña Pepa, bautizada así en homenaje a su madre, trabaja Isabelino como capataz. No puede olvidar cómo se lo encontró un día: «Estaba sentado en la cuadra, sobre la paja junto a los burros. Lloraba como una magdalena. Solo, con la mirada perdida, sin saber explicar qué le ocurría. Él lo pasaba mal y nosotros, los que sabíamos que algo no iba bien, también sufríamos por él». No es un tema del que le guste hablar al torero, pero tiene que aprender a convivir con la enfermedad. Y lo está consiguiendo.
Lo que sufrió Morante sólo él lo sabe. Fue una pesadilla continua, una ansiedad de 24 horas. Sentía que su alma se separaba del cuerpo. Algunas mañanas para levantarse de la cama tuvo incluso que tirarse al suelo. Durante un tiempo siguió toreando en esas pésimas condiciones.

Tras el tratamiento en Miami, sus miedos, pesadillas y angustias menguaron considerablemente, pero lo que más le preocupaba era que la enfermedad durara demasiado tiempo y estuviera más de lo previsto sin torear. Las dudas le asaltaban. No sabía si sería de nuevo capaz de enfrentarse a un toro. Y eso sí que hubiera supuesto una angustia eterna para el sevillano.

El epicentro del morantismo se encuentra en la Puebla del Río, una localidad de ?2.000 habitantes situado a ?7 kilómetros de Sevilla rodeada de marismas de arroz, acariciada por el Guadalquivir y abrazada por las reservas naturales de la Cañada de los Pájaros y la Dehesa de Abajo. José Antonio Morante Camacho nació allí hace 28 años y no se le pasa por la cabeza marcharse a otro sitio. Eso sí que lo tiene claro. Él mismo compara su hábitat con el del lince ibérico: «Si el lince tiene que vivir en Doñana, Morante tiene que estar en la Puebla del Río, y no hay más que hablar».

Lo pasa mal cuando sale fuera, las temporadas son largas y ha de estar muchos días lejos del hogar. El cemento de la ciudad le asfixia y no le permite expresarse como él quisiera. Está cohibido entre cláxones de coches, semáforos y moles de cemento y hormigón. Tenía un piso magnífico en Sevilla y lo tuvo que vender. «¿Para qué lo quería si allí no puedo vivir?». El problema aparece cuando su profesión le obliga a viajar a América por un largo tiempo. Entonces vuelve de nuevo el Morante del misterio y las dudas. Dos semanas fuera de casa son suficientes para que se le agrie el carácter, pierda la sonrisa y se preocupe por temas que no le incumben lo más mínimo un día cualquiera.

Muy familiar. Casado con una paisana, Cinthia, tiene un hijo de 5 meses al que bautizó José Antonio. El maestro es muy familiar, muy madrero, y antes de ser padre tenía a su sobrina –la hija de Nieves, su única hermana– como su ojito derecho. Sus horas de la vida no están nunca marcadas. Es imprevisible. Aunque él mismo se define como «un flojo y un vago», no lleva razón. No tiene establecido un horario determinado para entrenarse, pero lo hace todos los días aunque a distintas horas, según le venga. No le cuesta el más mínimo esfuerzo. Es más, necesita como el comer el ejercicio físico y lancear de salón centenares de pases al aire, imaginando el toro de los sueños.

Nunca le gustó levantarse temprano, quizás por eso nunca tuvo una buena relación con el colegio y los libros de texto. Tras terminar la E.G.B se matriculó en formación profesional en la rama del metal para aprender un oficio que le permitiera crear, aunque fueran puertas y ventanas. «Sí, pensé en algo que pudiera hacer con arte. Mis ventanitas, mis hierros, mis cosas, eso de estar sentado en una oficina todo el día no es para mí», confiesa.

A esa edad ya tenía claro que quería ser torero. Mejor dicho, lo tenía claro desde que nació. Morante asegura que nació torero, no tenía antepasados familiares en casa –su madre atendió el hogar mientras el padre trabajó en una empresa arrocera–, pero él lo llevaba por dentro. Cuando apenas levantaba tres cuartas del suelo, se quedó embobado con un traje de torero que vio en un mercadillo ambulante. Todos los años lo pedía como regalo de Reyes, pero nunca llegaba. Sus enfados eran tremendos todos los 6 de enero. «Y llegó el día en que me los pude comprar yo», afirma Morante. Y la sonrisa se dibuja en sus labios. Ganó.

Fuente: www.elmundo.es

Por JAVIER CABALLERO

OFRENDA A LA VIRGEN DEL PILAR EN ZARAGOZA, A 21 DE FEBRERO DE 2014

La Basílica del Pilar acoge por primera vez en su historia milenaria la imposición a Nuestra Señora La Virgen del Pilar de un Manto confeccionado con un Capote de Brega  el día 21 de Febrero de 2.014 a las  13  horas. La Virgen del Pilar de Zaragoza tiene en su Sacristía aproximadamente 560 Mantos, de elegantísimo bordado ofrenda de muchas Instituciones y familias españolas y extranjeras, entre ellos muchos capotes de  paseo de toreros. Continuar leyendo