El torero que ‘susurra’ a los gallos

Fuma en el paseíllo. Pinta, boxea, pasea con chistera y cría gallos de pelea. Tiene un bar y sirve copas. Caza patos sin escopeta. Morante de la puebla rompe todos los tópicos taurinos. Superado su trastorno de despersonalización, regresa otra vez a los ruedos. Cobra 120.000 euros cada tarde por torear

Con puro. Sorprendió a todos el día de Reyes en la Monumental de México. Mientras hacía el paseíllo, el sevillano se fumó un puro.
Con puro. Sorprendió a todos el día de Reyes en la Monumental de México. Mientras hacía el paseíllo, el sevillano se fumó un puro.

 

Afición. Adora los burros más que los caballos "porque no hay que montarlos todos los días", explica.
Afición. Adora los burros más que los caballos “porque no hay que montarlos todos los días”, explica.

 

El boxeo es una de sus deporetes favoritas.
El boxeo es una de sus deporetes favoritas.

 

Morante cobra 3 millones por 25 corridas.
Morante cobra 3 millones por 25 corridas.

Por ANTONIO DELGADO-ROIG. Fotografías de LUIS DE LAS ALAS

 

La sola presencia de la figura de Morante de la Puebla (La Puebla del Río, Sevilla, ?979) llama poderosísimamente la atención. Tiene una personalidad mística, excesivamente introvertida y un aire de misterio que potencia la admiración que le profesa su legión de partidarios. Su estrafalaria forma de vestir, su débil tono de voz, sus planteamientos de la vida, su afán por llegar al máximo conocimiento de todo lo que le rodea y sus aficiones nada comunes entre las figuras del toreo hacen de él, sencillamente, una persona distinta. Un genio del toro y de la vida. Una raza de artista en peligro de extinción. No es habitual ver a un lidiador de toros pintando cuadros, boxeando, paseando por su pueblo cubierto con una chistera como si se tratara de un lord inglés, cazando patos sin escopeta en la marisma enfangado hasta la cintura o sirviendo copas en su bar del pueblo. Pues todo eso, y mucho más, es José Antonio Morante Camacho.

El pasado 6 de enero reapareció en la Monumental de México. Llevaba varios meses sin vestirse de luces y sin el contacto directo con el toro, y así no se sentía persona. Se ahogaba. Él dice que no es distinto de los demás. «Yo soy como soy, aunque a veces no sé ni para dónde tiro, pero me gusta estar conmigo mismo, yo solo con mis cosas y mis pensamientos».

José Antonio, como torero y como persona, es aficionado a salirse de los guiones establecidos. Cuando no torea no sabe qué hacer y mata el tiempo con sus aficiones. «No me ilusiono fácilmente con algo, pero cuando lo hago me centro al máximo», resalta el torero poniendo muy claro su afán de superación.

El deporte le encanta y se le da bien. A menudo practica el tenis, el frontón y el fútbol. Juega en una liguilla comarcal entre los pueblos de la zona en un equipo bautizado como Los Warriors. Morante es el extremo derecha. A la pregunta de cuál es su estilo con el balón en los pies responde al instante: «¿Tú que crees? Morante sólo puede hacer las cosas con arte. Mi ídolo siempre fue Zinedine Zidane. Él sí que tiene arte con el balón y no yo con el capote. Me gustaría torear como Zidane juega al fútbol. Hay pocos futbolistas de arte, me quedo con Joaquín el del Valencia porque artistas con el balón hay muy poquitos».

Fotos y copas. Está muy ligado a las Artes. Le gusta la fotografía aunque matiza que «con cámaras antiguas, de ésas de carrete. Las modernas de ahora son demasiado perfectas y se pierde esa intranquilidad del revelado». También es muy habitual verle en Burladero, el bar que tiene en su pueblo. «Pero sólo es de copas, allí café no se sirve», especifica. Está decorado con cuadros y fotos taurinas, pero apenas las hay suyas. «No me gusta ver fotos mías toreando. Tengo miles, pero guardadas en un baúl. Ni en mi casa ni en el bar las pongo. Cuando las veo pienso en esa faena, lo que hice o dejé de hacer. Me como mucho la cabeza y eso me agobia. Mejor poner fotos de mis compañeros». En el bar suele meterse detrás de la barra y se pone a servir cubatas a sus paisanos como un camarero más. Le gusta el roce con la gente de a pie. Allí, en Burladero, son muy habituales las actuaciones de grupos de flamenco o de mariachis mexicanos. Le gusta escucharlos cantar mientras se fuma un cigarro Cohiba de grandes dimensiones.

La música le atrae mucho, aunque no toca ningún instrumento. Sí canta por lo bajini con buen gusto «aunque soy mucho más de Raphael. A ése sí lo imito bien». De pequeño iba a una academia para aprender a tocar la guitarra, pero Morante volvió a salirse del molde. «Iba a las clases, pero no me sentía a gusto con alguien que te decía cómo hacer las cosas. Lo dejé aburrido. Esa forma de aprender no es para mí».
Con la pintura le ocurre algo parecido: es autodidacta. No tiene un estilo definido, le gusta tanto lo abstracto como la figuración. De vez en cuando se pone a pintar, pero confiesa que termina rompiendo los lienzos en dos. «Es que si no consigo que mi pintura refleje lo que tengo en la cabeza para ese cuadro me enfado muchísimo, así que lo mejor es romperlo».

Otra de sus aficiones es el boxeo. Tiene una visión de este deporte que compara con su profesión. Ve a los púgiles como matadores de toros que se sacrifican mucho a diario y tienen delante un animal fiero al que tienen que ganar, sí o sí. En el ring sólo gana uno. O el toro o el torero, y eso es lo que hace que Morante saque su raza y sus ganas de superación. De vez en cuando acude al Club de Boxeo Puebla del Río, a pocos metros de su casa. Ortiz, el preparador y veterano púgil, asegura que Morante se maneja bastante bien cuando se enfunda los guantes. Es más, reconoce que «las pega bien». A pesar de ello, el diestro boxea para él solo. Nunca compite, sólo se entrena. Confiesa que tiene miedo. Diez temporadas como matador de toros, centenares de animales estoqueados, varias cornadas graves en sus muslos… y tiene miedo a un puñetazo.

La misma visión que tiene del boxeo la tiene con los gallos del pelea, un animal al que admira. Tiene una decena de ejemplares en su finca Doña Pepa, ubicada en el poblado Alfonso XIII, a pocos kilómetros de la Puebla del Río, a los que mima y trata como cualquier mascota. Es uno de sus escondites preferidos, donde el genio se pierde y sueña mirando los arrozales y escuchando a los patos. Allí tiene sus burros, que le gustan más que los caballos «porque no hay que montarlos todos los días, si no es un rollo y una obligación». Allí guarda los gallos de pelea, animal con muchas similitudes con el toro bravo. «Normalmente nunca se deja ganar la batalla. Quizás esté mal visto por muchos, pero es la lucha entre dos animales de raza».

Todo el misterio que acarrea su figura se incrementó considerablemente con la enfermedad mental que comenzó a sufrir en 2003 y que le hacía llorar a diario. La ansiedad le estrangulaba la mente y él solo quería que un toro lo partiera en dos para poder descansar en paz. Tuvo que estar un año sin torear y viajar hasta Miami para recibir sesiones de electroshock. «He aprendido a vivir con la enfermedad, no estoy como antes, pero no tengo más remedio que apretar los dientes y tirar hacia adelante». Los médicos le diagnosticaron un trastorno de despersonalización, una enfermedad mental muy difícil de percibir y que provoca que la persona vea una realidad distinta a la que tiene. El torero se pasaba el día llorando sin motivo aparente. No sabía qué hacer y no se atrevía a decirlo públicamente. «¿Cómo voy a decir que dejo de torear por algo que no sé qué es y que los demás no pueden ver? Me van a tomar por loco», se preguntaba a sí mismo día tras día.

Así aguantó el tipo durante unos meses. Lloraba incluso en el hotel mientras el mozo de espadas, su primo Juan Carlos Morante, le vestía de luces. En su finca Doña Pepa, bautizada así en homenaje a su madre, trabaja Isabelino como capataz. No puede olvidar cómo se lo encontró un día: «Estaba sentado en la cuadra, sobre la paja junto a los burros. Lloraba como una magdalena. Solo, con la mirada perdida, sin saber explicar qué le ocurría. Él lo pasaba mal y nosotros, los que sabíamos que algo no iba bien, también sufríamos por él». No es un tema del que le guste hablar al torero, pero tiene que aprender a convivir con la enfermedad. Y lo está consiguiendo.
Lo que sufrió Morante sólo él lo sabe. Fue una pesadilla continua, una ansiedad de 24 horas. Sentía que su alma se separaba del cuerpo. Algunas mañanas para levantarse de la cama tuvo incluso que tirarse al suelo. Durante un tiempo siguió toreando en esas pésimas condiciones.

Tras el tratamiento en Miami, sus miedos, pesadillas y angustias menguaron considerablemente, pero lo que más le preocupaba era que la enfermedad durara demasiado tiempo y estuviera más de lo previsto sin torear. Las dudas le asaltaban. No sabía si sería de nuevo capaz de enfrentarse a un toro. Y eso sí que hubiera supuesto una angustia eterna para el sevillano.

El epicentro del morantismo se encuentra en la Puebla del Río, una localidad de ?2.000 habitantes situado a ?7 kilómetros de Sevilla rodeada de marismas de arroz, acariciada por el Guadalquivir y abrazada por las reservas naturales de la Cañada de los Pájaros y la Dehesa de Abajo. José Antonio Morante Camacho nació allí hace 28 años y no se le pasa por la cabeza marcharse a otro sitio. Eso sí que lo tiene claro. Él mismo compara su hábitat con el del lince ibérico: «Si el lince tiene que vivir en Doñana, Morante tiene que estar en la Puebla del Río, y no hay más que hablar».

Lo pasa mal cuando sale fuera, las temporadas son largas y ha de estar muchos días lejos del hogar. El cemento de la ciudad le asfixia y no le permite expresarse como él quisiera. Está cohibido entre cláxones de coches, semáforos y moles de cemento y hormigón. Tenía un piso magnífico en Sevilla y lo tuvo que vender. «¿Para qué lo quería si allí no puedo vivir?». El problema aparece cuando su profesión le obliga a viajar a América por un largo tiempo. Entonces vuelve de nuevo el Morante del misterio y las dudas. Dos semanas fuera de casa son suficientes para que se le agrie el carácter, pierda la sonrisa y se preocupe por temas que no le incumben lo más mínimo un día cualquiera.

Muy familiar. Casado con una paisana, Cinthia, tiene un hijo de 5 meses al que bautizó José Antonio. El maestro es muy familiar, muy madrero, y antes de ser padre tenía a su sobrina –la hija de Nieves, su única hermana– como su ojito derecho. Sus horas de la vida no están nunca marcadas. Es imprevisible. Aunque él mismo se define como «un flojo y un vago», no lleva razón. No tiene establecido un horario determinado para entrenarse, pero lo hace todos los días aunque a distintas horas, según le venga. No le cuesta el más mínimo esfuerzo. Es más, necesita como el comer el ejercicio físico y lancear de salón centenares de pases al aire, imaginando el toro de los sueños.

Nunca le gustó levantarse temprano, quizás por eso nunca tuvo una buena relación con el colegio y los libros de texto. Tras terminar la E.G.B se matriculó en formación profesional en la rama del metal para aprender un oficio que le permitiera crear, aunque fueran puertas y ventanas. «Sí, pensé en algo que pudiera hacer con arte. Mis ventanitas, mis hierros, mis cosas, eso de estar sentado en una oficina todo el día no es para mí», confiesa.

A esa edad ya tenía claro que quería ser torero. Mejor dicho, lo tenía claro desde que nació. Morante asegura que nació torero, no tenía antepasados familiares en casa –su madre atendió el hogar mientras el padre trabajó en una empresa arrocera–, pero él lo llevaba por dentro. Cuando apenas levantaba tres cuartas del suelo, se quedó embobado con un traje de torero que vio en un mercadillo ambulante. Todos los años lo pedía como regalo de Reyes, pero nunca llegaba. Sus enfados eran tremendos todos los 6 de enero. «Y llegó el día en que me los pude comprar yo», afirma Morante. Y la sonrisa se dibuja en sus labios. Ganó.

Fuente: www.elmundo.es

Por JAVIER CABALLERO

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